A un año de la partida: Parte I

Hace aproximadamente un año me senté en el comedor de mi nuevo apartamento en Mississippi a escribir el artículo que titulé Los extraños en mi sala. Un año después vuelvo a sentarme en esta misma silla, café en mano, a reflexionar un poco sobre lo vivido este pasado año.

Luego de mi primer sorbo de café, la primera tarea fue seleccionar algo sobre lo que valiera la pena escribir. Algo que compartir que no fuera la milésima historia de un puertorriqueño más que se muda a Estados Unidos y a quien el proceso de adaptación se le hace o fácil o difícil. Luego de un breve repaso en mi mente identifiqué de inmediato una de las cosas más importantes con la cual había tenido que lidiar.

Varios meses después de habernos mudado comencé a percatarme que cuando veía alguna foto o video de mis hijos, tomada en Puerto Rico, me inundaba una tristeza enorme. Una mezcla de tristeza y melancolía increíbles, mezcladas con algún otro sentimiento (un “feeling”) que inicialmente no podía identificar; o que me negaba a hacerlo.

Ver una foto de ellos en la sala de la casa o en las áreas recreativas de la urbanización era sinónimo de recibir un zarpazo que de inmediato me aguaba los ojos. Y lo extraño e incómodo era que yo no lograba saber por qué me sentía así. Porque desde que nos mudamos no ha habido un segundo en el que yo haya dudado de si esta fue la decisión correcta. Esa absoluta seguridad de que mis hijos están y estarán bien era la razón que me hacía sentir confundido.

Hubiese sido fácil encontrarle explicación a esa tristeza o nostalgia si pensara que la partida había sido la decisión incorrecta. Pero, todo lo contrario. Siempre he sabido que fue lo correcto. Así estuve por unos meses. Nostálgico sin saber por qué.

Finalmente… ¡EUREKA!

Un día me di cuenta que ese sentimiento que no lograba identificar era uno de culpabilidad. ¿Culpabilidad de qué? Culpable por haberles quitado algo. Mas bien, la oportunidad de experimentar algo.

Es que todo, absolutamente todo, lo que uno fue es y será está directamente atado a lo que se quiere para los hijos una vez estos nos son entregados. Me di cuenta que cuando veía las fotos en lo que pensaba inmediatamente era en las vivencias que con mi decisión les había arrebatado. Les quité la oportunidad de vivir cientos, miles de experiencias que yo tuve. Y como por naturaleza somos egoístas, mis juicios y prejuicios me decían que “mis experiencias” eran las que ellos debían tener. Las buenas y las malas.

Comprendí finalmente que me sentía culpable porque no vivirían una niñez parecida a la mía. No tendrían a sus primos cerca, a sus abuelos. No irían a una escuela de pueblo pequeño. Probablemente no tendrían amigos en la adolescencia con quienes salir sin rumbo fijo, en un Suzuki descapotado, a pasar un fin de semana acampando en algún rio mientras se improvisa un fricasé de pollo bajo un cielo estrellado. Inconscientemente me sentía culpable porque les había robado eso que para mí había sido tan importante y positivo. Los estaba lanzando a algo totalmente desconocido para ellos, y peor aun, para mi. Me di cuenta que me sentía culpable simplemente porque estaba siendo un poco egoísta.

La vida en Puerto Rico es diferente a la vida en Estados Unidos, en Italia, en Australia, en Cuba, en Rusia. Simplemente es diferente. Ni mejor ni peor. Pero como a mi me tocó experimentar mis primeros 40 años en Puerto Rico, para mi esa vida es la única que tengo como referencia. Y el haber sido afortunado en mis experiencias me hizo perder la perspectiva y pensar que lo mejor que les podría pasar a ellos era vivir una niñez similar a la mía.

Todavía veo las fotos y siento nostalgia… pero ya no hay culpa. Es cuestión de no olvidar que nuestras verdades, lo que somos, y lo que pensamos es solamente el resultado de cómo se interpretan ciertos momentos importantes de la vida. A ellos les tocará vivir otra vida, otras experiencias que los irán formando y nunca extrañarán lo que yo extraño.

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1 Response to A un año de la partida: Parte I

  1. Me gusto el relato y de alguna forma me identifico. Tambien sali asi mismo, pero con la certeza de que ya tenia un apto esperando por mi y una pension que me sustentaria en lo que empezaba a trabajar otra vez. No es facil pero al tener parte de mi familia aca me ayudo y conforto. Gracias!.

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