La Voz

Esa noche su hijo de tres años se levantó nuevamente a mitad de noche – al menos eso pensó él inicialmente – como lo había estado haciendo por la última semana. Por alguna razón el niño había cogido la costumbre de levantarse a mitad de noche a pedir leche o postre. Esa interrupción al sueño era mortal para él porque en muchas ocasiones le costaba trabajo volver a quedarse dormido.

En la mayoría de las ocasiones el niño entraba a su cuarto y se paraba por el lado donde dormía su mamá. Pero de vez en cuando, se paraba por el lado del padre. Él dormía hacia el lado de la cama que quedaba justo frente a la puerta del baño.

Desde que el niño se levantaba de su cama y cerraba con bastante fuerza la puerta de su cuarto, que quedaba a unos veinte pies de la del cuarto del matrimonio, él se despertaba. Luego de escuchar al niño cerrar la puerta de su cuarto, lo sentía caminar por la sala y abrir la puerta del “master”. Esa noche fue una de esas en que lo escuchó entrar al cuarto y dirigirse hacia su lado de la cama en lugar de el de su madre.

–¡Que jodienda!­ ­– Pensó.

Pero en lugar de escuchar los pasos aproximarse a su cama no escuchó ningún otro ruido luego que la puerta de su cuarto se abrió y se cerró. Como estaba durmiendo de lado, mirando hacia la puerta del baño, esperaba verlo parado frente a él cuando abriera los ojos ya que por su edad y estatura la cara del niño le quedaba casi a la misma altura de su cara.

Antes de abrir los ojos estiró su mano izquierda y con ella tanteó el borde de madera de su cama donde colocaba su teléfono todas las noches. Al primer intento localizó el teléfono y lo colocó frente a su cara para ver la hora. Todo esto sin abrir los ojos.

Apretó el botón de menú del iPhone y cuando la pantalla se iluminó vio que eran las 3:32am.

–Mierda…­ ­– Pero esta vez no lo pensó, sino que lo dijo en la típica voz soñolienta de las 3:32am.

Durante los cinco segundos que le había tomado la maniobra del teléfono le había estado muy raro no haber escuchado la risa pícara de su hijo ya que era costumbre de éste comenzar a reírse levemente cuando se levantaba de noche y se paraba frente a cualquiera de los soñolientos padres. Aunque la cara del niño no debía estar a más de dos pies de distancia de la suya él no había mirado en esa dirección aun, sino que solo había abierto los ojos el mínimo necesario para que el resplandor del teléfono no le cegara y poder distinguir la hora.

Una vez finalizada la maniobra con el teléfono lo volvió a poner en el borde de la cama y miró hacia donde esperaba encontrar la cara de su hijo. Luego de unos segundos tratando de enfocar en la oscuridad lo logró ver. Pero no estaba frente a él, sino parado dentro del baño, frente al lavamanos.

–Que raro que este se paró ahí.­ ­– Pensó.

Se levantó de la cama, se puso las chancletas y caminó unos tres pies de distancia hasta quedar justo en la entrada del baño. Luego caminó dos pasos más hasta llegar donde estaba parado el niño, se inclinó y lo cogió en sus brazos. Ya en ese momento estaba bastante despierto y notó que el niño pesaba menos de lo usual y aunque le pareció raro pensó que era el efecto del cansancio.

Lo levantó hasta tener su cara frente a la de él y le preguntó:

–¿Qué te pasa Javier? ¿Estás pipi? ­– Le preguntó.

–Yo no soy Javier. ­ ­– Le respondieron… desde el interior de la bañera.

El terror llegó como una cascada que lo ensopó en un instante. La voz que le contestó era la de un niño, pero no la del suyo. Y peor aún, aunque el tenía “aquello” en sus brazos, la voz provino de la bañera! De inmediato comenzó a sentir que aquello que tenía en sus brazos comenzaba a pesar menos cada instante.

Quizás en una película de horror de Hollywood el protagonista hubiese sido muy valiente y habría abierto la cortina de la bañera para ver quién estaba allí. Pero el terror lo consumió y sin pensarlo lanzó “al niño” que tenía en sus brazos hacia la pared del baño (ya que sabía que “aquello” no era su niño), se volteó a toda prisa, caminó hacia su cama y se metió lo más rápido que pudo debajo de la sábana pero a una velocidad que no le hiciera perder su dignidad y orgullo como adulto. Mientras caminaba hacia la cama no escuchó ningún golpe como resultado de haber lanzado “al niño”, lo que le provocó aún más terror.

Al acostarse en la cama estiró su mano izquierda esperando encontrar a su esposa para contarle lo que le acababa de suceder. Pero al estirarla lo que encontró fue un pie pequeño, un pie de niño. El terror, que en ese momento era insoportable, se intensificó aun más. En ese instante no pudo controlarse y desde lo más profundo de su garganta salió un “!AAAh!” lleno de terror.

El grito despertó a su esposa, quien cayó sentada en la cama de golpe mientras él caía de pie al lado de la cama y caminaba rápidamente hacia el “suiche” que encendía la luz del cuarto. Cuando encendió la luz se volteó nuevamente hacia la cama y allí estaba su esposa con los ojos casi sin poder abrirlos por el resplandor de la luz recién encendida. Y al lado derecho de ella, acostado boca abajo y en un profundo sueño, estaba su hijo.

–¿Qué hace este en la cama?­ ­– Le preguntó con el corazón en la garganta y luego de esperar dos segundos para cerciorarse que el niño acostado al lado de ella no se desvanecía en el aire mientras él pestañeaba.

–Se levantó horita y se metió a la cama. Lo dejé porque estoy bien explot’a.­ ­– Respondió ella.

Luego de mirar “al niño” acostado junto a su esposa por unos momentos adicionales para cerciorarse que no se desvanecía frente a sus propios ojos, caminó hacia el baño y titubeando abrió la cortina de la bañera. Como en toda buena película de misterio, no encontró nada allí.

Le contó a su esposa lo que le había sucedido y, para su sorpresa, ella pareció creer su historia. Nunca supo si todo aquello había ocurrido en realidad o si solo había sido un sueño, pero él podía jurar que estaba despierto cuando escuchó la voz. Desde aquella noche, cada vez que escuchaba a su hijo levantarse y caminar hasta su cuarto se apresuraba a coger su teléfono y encender el “flash” de la cámara para poder verlo entrar por la puerta.

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