Los Extraños en mi sala

La decisión de mudarme fuera de Puerto Rico fue una que tomé en un instante. Sin mucho titubeo, como he tomado casi todas las decisiones importantes y no importantes en mi vida. No es que no analice las cosas. Al contrario, mi educación universitaria me obliga inconscientemente a analizar cada opción varias veces tratando de predecir todos los escenarios y desenlaces posibles.

Esa rapidez de tomar una decisión no implica que no haga un análisis sosegado. También, se me hace bastante sencillo separar la parte emocional al momento de hacer el análisis, aunque al final del proceso esa parte emocional siempre está presente y creo que en alguna medida siempre afecta la decisión, aunque sea un poco.

Yo acepté mi nuevo trabajo en mayo de 2014, y entre mayo y finales de junio se vendió casa, carro, se mandó mudanza a Mississippi, se vendieron varios enseres de cocina e hice un viaje de tres días con mi esposa a MS a buscar cuido, escuela y apartamento.

Durante todo ese proceso cuando alguien se enteraba de la decisión “tan drástica” que había tomado de mudarme y vender hasta mi casa en tan poco tiempo, a mí siempre me parecía extraño por qué la gente lo veía de esa manera. La reacción de asombro era la misma con la gente de PR y la que conocía en Estados Unidos. Llegó el momento en que dudé un poco sobre si había dejado de considerar algún factor importante en mi decisión y estaba a punto de cometer el error más grande de mi vida. Ese momento duró quizás unos minutos, pero estuvo ahí.

Transcurrió el tiempo desde que tomé la decisión de brincar el charco, y el momento de finalmente abandonar mi casa por última vez, y mi esposa bromeaba conmigo diciéndome que yo era como un pana que tengo, “no tengo sentimientos”, ya que en ningún momento me vio titubear ni mostrar la mínima preocupación de que algo pudiera salir mal. Ella perdió muchas noches de sueño, y yo dormía, como dice el refrán, “como un lirón”.

Sí habían momentos en los que se piensa en la familia, los amigos, la comunidad que se deja atrás. Aunque nada que llevara a uno a arrepentirse o al común y natural episodio de tristeza y/o llanto.

Pero el momento del golpe llegó cuando menos me lo esperaba. Fue el día que entregué la casa. Ufff… que pescozón que no vi venir. Ese día le había pedido a la familia que nos compró la casa que nos dieran hasta el medio día para poder levantarnos con calma y recoger las últimas cosas que nos quedaban y montarlas en la guagua. Llevábamos aproximadamente dos semanas viviendo en la casa sin muebles ya que la mudanza se había ido a MS. Durmiendo en matres de aire, sentándonos en sillas de playa, comiendo en utensilios desechables y viendo televisión en un plasmita viejo que nunca boté y que gracias a Dios funcionaba. Luego de eso, nuestros últimos cuatro días como residentes de Puerto Rico los pasaríamos en un apartamento que nos prestó un familiar.

Ese último día en nuestra casa nos levantamos y comenzamos a recoger lo poco que quedaba (que realmente era un montón) y al dar las doce del medio día llegó la familia a la que le habíamos vendido la casa. Era un matrimonio con sus tres hijas. A esa hora todavía no habíamos terminado de recoger los “motetes” así que les prestamos nuestras sillas de playa para que se sentaran en la marquesina. Vinimos a terminar casi a las tres de la tarde.

Al terminar de montar el último paquete en la guagua salimos a la marquesina y le hicimos a los nuevos dueños la entrega formal de las llaves y los beepers de la puerta de garaje. Nos despedimos y les deseamos que disfrutaran la casa y les aseguré que se mudaban a una comunidad excelente con gente muy buena.

Comencé a caminar hacia la guagua y al salir de la marquesina miré directamente hacia atrás, justo donde quedaba la puerta de la cocina y vi a uno de ellos (no recuerdo a quién, solo recuerdo una sombra) caminar hacia la sala. Sentí en ese momento una incomodidad similar a la que uno siente cuando sabe que se va a enfermar. Una incomodidad que no se puede identificar o describir con certeza pero que uno sabe que anda por ahí y que viene acompañada de algo nada bueno.

Cuando salí de la marquesina caminé hacia la derecha y al pasar frente a la puerta principal de la casa, que estaba abierta, miré hacia mi derecha. ¡Y ahí vino la pescozá! Allí estaban ellos… Los Extraños en mi sala. No recuerdo a cuales vi en ese momento; si fueron dos, tres o si los vi a todos. Probablemente fue la impresión lo que no me dejó distinguirlos, algo así como lo que le ocurre a una persona que vive una experiencia traumática y su mecanismo de defensa es borrar lo sucedido. Solo recuerdo formas humanas en mi sala. ¡MI SALA!

La sala donde se criaron mis hijos, la sala donde jugué con ellos, donde invité a amigos y familiares con los que siempre pensé que compartiría por muchos años. La sala donde vi las mejores finales de Wimbledon de la historia, del US Open, Roland Garros, Australian Open.

La sala donde discutí y filosofé con amigos sobre cómo salvar al país, como cambiar el rumbo. Cómo mejorar la educación, cómo aprender a ser un país de gente de vanguardia como lo fuimos en alguna época y dejar de ser espectadores ignorantes en un mundo cada vez más pequeño pero a la vez más complejo.

La sala donde siempre estuve seguro que llegaría a viejo y criaría a mis nietos. La sala donde vi tantas buenas películas, leí libros y me bebí un vinito con mi esposa.

Que brutal fue ese momento. Fue como si le estuviesen invadiendo a uno la cama mientras uno duerme. Como si un extraño entrara a tu baño mientras te estás bañando. Es entregarle a otros un pedazo de ti, de tu vida y tus experiencias para que las borren y escriban sobre ellas una historia nueva, una historia que tú nunca sabrás como empieza ni termina. Yo creo hay hasta cierto punto una dosis de egoísmo envuelto porque sabes que tu no va a importar, que desaparece, que a ninguno de esos extraños les va a hacer diferencia qué pasó en cada rincón de esa casa; y está bien que no les importe porque para ellos su historia debe ser la más importante. Tengo que confesar que a veces me pregunto cómo se verá mi sala hoy. Cómo se verán los cuartos de Isabella y Marko…

Cuando vi a Los Extraños en mi sala titubeé y por un microsegundo pensé si había tomado la decisión correcta. Vinieron a mi mente todas aquellas expresiones de asombro de amigos y familiares cuando se enteraban que nos íbamos “de la noche a la mañana”. Pensé, “eah rayo, ¿qué se me habrá olvidado? ¿Qué saben ellos que no sé yo.” Fue el momento en que sentí que se aguaban los ojos.

Cuando me monté en la guagua y la prendí, el lagrimón todavía estaba allí. Mientras guiaba por la carretera principal de la urbanización y pasaba frente a las canchas de tenis, el play groung, la piscina y el lago me seguía acordando de Los Extraños en mi sala… y me di cuenta que en ese momento no había una, sino dos emociones. Esa segunda fue reemplazando poco a poco a la primera y me sorprendió que estuviera allí y de una forma tan fuerte. Allí estaba la conden’a, y qué incómoda era. ¿Qué cuál fue? Bueno, esa necesita un artículo para hablar de ella y no sé si lo escriba.

Pero lo importante es que al final uno se da cuenta que la vida es cambio, que realmente no existe camino sino que se hace camino al andar como bien dice la canción. Que como lee el poema de Robert Frost:

I shall be telling this with a sigh

Somewhere ages and ages hence:

Two Roads diverged in a wood, and I –

I took the one less traveled by,

And that has made all the difference.

Esta entrada fue publicada en Anécdota. Guarda el enlace permanente.

1 Response to Los Extraños en mi sala

  1. Pingback: A un año de la partida: Parte I | sixgradosdeseparacion.com

Deja un comentario